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viernes, 11 de mayo de 2007

De Ánimas a Palacio

Salgo por la esquina de Ánimas, los únicos fantasmas somos nosotros, los que caminamos haciéndonos los locos, los que no tosemos con el humo, los que no escuchamos los gritos, las cornetas, el motor de los buses gigantes, las motos que se nos vienen encima, el reggeaton y la salsa barata... Enfilo hacia el oeste con el Ávila a la derecha, no importa, casi no se ve. Veo al piso y no me fijo en el agua empozada, la acera rota y negra, y los restos de chinchurrias y chorizos que minutos atrás sacaron de los pipotes azules y engulleron valientes locales que saltan charcos y siguen de largo. Ni siquiera se detienen a ver los girasoles de Galipán que adornan la calle y que tiene la chica del kiosco de flores, ese que está justo debajo del Puente de la Fuerzas Armadas.
Veo algunos libros usados, siempre los mismos, que si los ejercicios de física de Navarro, que si Mi cocina de Scanonne, que si las National Gheografic de los años 70. Una vez cogí una de esas revistas que tenía una nota y unas fotos sobre Venezuela y me sorprendió. Era un trabajo de la Gran Sabana con imágenes desteñidas y viejas, hasta la compré.

Hubo un tiempo en que me encantaba pasar el rato allí, en esa especie de mercadillo de pulgas donde la gente se sienta a jugar el ajedrez haciendo caso omiso del caos circundante. Me la pasaba allí, viendo discos de acetato, las portadas bien conservadas de The Cure, INXS, Charly García, Mecano y, ya en el umbral de los gustos culposos, Menudo, casi los mismos discos que irónicamente mi padre, sin mi permiso, vendió a los buhoneros de la Fuerzas Armadas en los 90, cuando masificaron los reproductores de discos compactos y pudimos comprar uno, era un JVC, y nos deshicimos, con mi protesta, del legendario “picó”.
Cada vez que pasaba por aquí buscaba un disco que nunca he podido encontrar, uno que asocio con mi niñez y que siempre nos ponía mi abuela Aída a mi hermana y a mí. No recuerdo el nombre pero sí la carátula doble y la cantante de la foto: Morela Muñoz en la imagen de adentro y dibujos infantiles afuera, con mucho verde, que hacían alusiones a La Pájara Pinta, La Muñeca Azul y creo que María Moñitos, entre otras canciones bonitas.
Yo también sigo de largo. Todavía falta, la Plaza España está copada. Allí los buhoneros venden de todo, pero hay uno que llama la atención que se especializa en pulseritas, zarcillitos, colitas, y todo es muy colorido.
Aparte de los vendedores ambulantes debo sortear los registradores de títulos que se ordenan a las puertas del registro principal a esperar su número. Sólo reparten como 25 y algunos se devuelven con caras largas tropezando con todo el mundo. Para entonces ya estoy casi en La Pelota donde hay un Mc Donald's que siempre está full. Me parece que el inteligente que compró ese punto se las sabe todas. Hasta se da el lujo de romper la Mc Cultura y sus reglas: sirven todo para llevar, aunque se coma adentro, y se ahorran las caras felices y las gracias exageradas. Los 12 mil bolos que cuesta el Mc combo más barato es suficientemente atractivo para los que prefieren las hamburguesas de líneas de producción seguras a las chinchurrias de los pipotes azules que no sé cuanto cuestan.
Apenas se puede caminar, desde que fulminaron Saigón, extinto centro de reproducción de CD y DVD piratas, algunos de los vendedores de la Diego Ibarra se apostaron en la Urdaneta. Siempre me tropiezo y quiero avanzar rápido, por eso opto por caminar por la calle. Y yo que creía que la avenida Urdaneta era una especie de Fifth Avenue niuyorquina en esta Caracas donde abundan las avenidas como la Baralt, con muchos carros, colas, frituras, tarantines, malvivientes, locos y asaltantes. Detesto la Baralt. Una vez me persiguieron hasta las puertas de El Nacional con groserías y otros gritos terribles. Desde entonces siempre corría del metro Capitolio cuatro cuadras y media hasta Puerto Escondido y cogía caminos “alternos”, a lo Jack Bauer, para que nadie conociera mi rutina, paranoia urbana, pues.
Pero la Urdaneta está casi igual. Antes presumía con mis colegas de que por la esquina de Ánimas sí se podía transitar, que que buenos lugares para comer teníamos en La Candelaria los que trabajábamos en El Universal, todos los aromas y sabores de España, que que rápido salíamos del centro a la hora de volver a casa, que si patatín que si patatán….Hace tiempo que ese privilegio fantasioso se esfumó. Ya no apetece salir a patear esas calles decadentes y sosrpresivas, el miedo gana.
Aun faltan cuatro cuadras para llegar al Palacio Federal Legislativo. Cuando llego a la Veroes me provoca subir por el Boulevar Panteón y meterme en el restaurancito lindo de la Fundación Polar, justo en la casa Veroes pero aunque es muy rico me parece muy caro. Me dejo de vainas pequeño burguesas, paso el Dorsay y sigo de largo.

Ya en Santa Capilla cambio de rumbo, voy hacia el sur. Veo la iglesia y me gusta como quedó con la restauración amarilla. Dejo atrás los tarantines chavísticos. Hay de todo: relojes, gorras, toallas, franelas de los cuatro héroes: Chávez, Fidel, el Ché y no me acuerdo quien más. También hay pines, muñecos parlanchines del héroe principal, cintas y todo el material POP que ensalzan los mitos. Como siempre nunca hay nadie en la antigua plaza Andrés Eloy Blanco, antiguo espacio de los viejitos y hoy en día reducto de la llamada comandante Lina Ron y toda su gente a quienes no se les ve porque en estos días están muy ocupados con la constitución del partido único de la revolución.
Ya en la Plaza Bolívar me siento a gusto porque falta poco para llegar. Una homilía improvisada de un pastor de almas que habla de apocalipsis apenas calla los “oro-oro oro-oro- oro, euros, dólares oooroo-oro-oro” que corean alrededor de la Francia, justo en la esquina caliente donde por estos días abundan las pancartas en forma de televisor con el logo de RCTV pero en lugar de eso dice RCTVAS. Bolívar sigue en su sitio de siempre, inamovible, ajeno a las palomas y sus excrementos. Varias coronas lo rodean…se le ve tan solo…
A veces cuando voy de regreso subo por la esquina noreste de la plaza, por el lado del campanario de la Catedral. Me da risa ver unos stenciles estilo Banksi, un artista de calle inglés que se la pasa provocando en las calles de Londres y otros sitios más insólitos como museos y muros de división, como el de Palestina. Pues aquí los stenciles son más oficialistas y dicen que si “Oligarcas, sembrad”, y otras pintas como “siembra socialismo” y cosas así. Es muy raro.
Sigo bajando SUR-SUR y llego al Palacio, saco el carnet, entro y me siento en la fuente a esperar la sesión parlamentaria, la hago y llamo para que me vayan a buscar…

lunes, 2 de abril de 2007

La vida en la muerte

La mujer coge la sombrilla. Sin dificultad levanta el banco azul que dejó a un lado de un panteón blanco y limpio, empuña el rosario que lleva en el cuello e inicia el ritual que practica desde hace 19 años: cantar letanías y rezar a muertos que no son suyos.
La llaman Merce pero la bautizaron Mercedes Ferrer Yánez. Es menuda, habladora y dispone de un par de zapaticos chinos que de modo veloz la trasladan de un lado a otro del camposanto. Su falda blanca, dos tallas más grandes, levanta vuelo y se detiene conforme se desplaza por entre los nichos y las bóvedas. Está curtida por el sol abrasador que domina las costas colombianas y que cae como plomo sobre Cartagena de Indias, lugar donde nació hace 75 años.
Pero en el centenario Santa Cruz de Manga el sol parece menos implacable. Gracias al “árbol venezolano”, a los dos almendros y al mango siempre hay sombra en el camino principal, el único empedrado. Justo allí, debajo de uno de los almendros, coloca Merce su banquito azul. En ese lugar se sienta a esperar que aparezcan los deudos de algún muerto que necesite responsos, rezos y letanías “porque hay que renovar la permanencia en el reino de los cielos”.

Duerme madre querida,
duerme sin despertar
que todos los ángeles del cielo
a ti te acompañarán...
Rosa Narváez tienes visita,
tu hija Hilda,
tu nieta Jessica
y una jovencita que quiere ser tu amiga.
Rosa cariñosa, Rosa amable y juguetona.
Rosa espléndida, Rosa alegre.
¿Qué pasó?
¿A dónde vas paloma blanca?
Dios te salve Rosa.


Merce toca el revestimiento que contiene los restos de Rosa, quien murió hace dos meses y a quien nunca conoció en vida, arregla los claveles rojos que adornan la bóveda, canta una última copla de inspiración propia, besa el concreto y al fin se persigna. Jessica e Hilda, aun de luto, la emulan mientras se protegen del sol con la sombrilla amplia de Merce. Ninguna se sienta en el banquito que se queda como esperando. La Madre y la hija sonríen satisfechas mientras rebuscan en el monedero dos mil pesos (casi un dólar) para pagar los favores recibidos.
_Dicen que aquí se oía el llanto de un niño pero yo nunca lo he escuchado, afirma Merce mientras guarda el dinero en un bolsito roído y gastado con una mano y señala con la otra un panteón de medio metro coronado con una cruz de azul cerámica.
_A lo mejor no lo oigo porque creo en las ánimas, por eso no lo habré escuchado. Aquí el único fantasma soy yo. Fíjate que también creo en las tres divinas personas. Pero si tengo algo malo bajo a todos los santos del cielo. Si tengo un quebranto del alma me vengo al cementerio y salgo tranquilita. Aquí todo es paz, aquí uno se relaja y mientras más uno está aquí más provoca quedarse, dice mientras se desplaza con sus dos canillitas por entre los estrechos laberintos del cementerio que ocupa dos cuadras de largo de la zona de Manga y que tiene más 150 años.
El de Manga es uno de los más antiguos de la ciudad. Apenas permanece activo y hace rato que fue desplazado por el Jardines de Cartagena, el que más se utiliza de los seis cementerios públicos y los dos privados del área.
Aunque no se le parece del todo, el de Manga recuerda al de La Recoleta de Buenos Aires sólo que menos cuidado. Está cargado de ese pasado pomposo y decorado, donde era mandato construir panteones con ángeles de piedra y cristos llorosos como homenaje, como si los muertos necesitaran techo.
El de Manga no tiene a Evita Perón pero es patrimonio histórico desde 1996. Una laguna lo separa de la turística Bocagrande, donde están ubicados los mejores hoteles de Cartagena.
Aunque cueste creerlo es un cementerio democrático: Si bien los panteones familiares rebozan el lugar, las bóvedas distritales bordean los nichos de los que alguna vez fueron la “gente bien”. Un entierro de lujo sobrepasa el millón de pesos (500 dólares), mientras que uno al que llaman “sepelio de solidaridad” apenas cuesta 20 mil (menos de 20 dólares). Estos son los que hacen en el de Manga, sencillos, sin lujos, sólo con flores, muchísimas flores, flores amarillas, blancas y sobre todo rojas, la mayoría de plástico o de papel. Allí también reposan el pintor Enrique Grau, el político Rafael Núñez y otros bien conocidos por los colombianos, como la madre del Gabo, cuyos restos fueron trasladados a otra parte hace años.
El de Manga fue un antiguo leprosario, donde dejaban morir a sentenciados infelices que no tenían remedio por más que les rezaran. Tal vez por eso aun dan la bienvenida dos avisos, cortesía coca-cola que advierten: “Prohibido ingresar niños menores de 12 años. Cuide su salud”.
Merce se sienta en uno de los grandes bancos del camino principal y cuenta que una vez una mujer entró al cementerio con un recién nacido. Ella la alertó sobre los peligros que suponía pasear al niño por el camposanto, “porque hay que acordarse de que tienen la piel suavecita y que pueden respirar las enfermedades de los muertos”. Pero la mujer le gritó que se ocupara de lo suyo y desde entonces no tiene ánimos para alertar sobre los peligros que encierra semejante sitio de encuentro.
Uno nunca sabe.
Los dos únicos sepultadores escuchan a Merce y se ríen. Niegan que haya fantasmas y enfermedades en ese santo lugar. El que más tiempo tiene en el oficio es Rigoberto, un joven moreno, de sonrisa fácil y agradable, de buen carácter y asiduo observador de las iguanas que pululan por las tumbas y miden más de un metro de largo. También es fanático del programa Radioperiódico La Noticia en la voz de Campo Elías Terán que escucha en un radiecito negro que siempre lleva consigo.
_A esta hora todo es quietud, suelta Rigoberto mientras descansa al pie del almendro y arregla la antena del radio para sintonizar mejor el programa que esta vez habla de ritos de brujerías, lo que provoca risas entrecortadas en Rigoberto.
No tiene de qué preocuparse. “La programación” indica que ya no hay más muertos en el día. Esa mañana hubo sólo uno, aunque sí tendrán que hacer algunas exhumaciones.
En los últimos años ha disminuido la rotación. En los días más ajetreados se entierran cinco y a veces ni siquiera uno. Tal escasez preocupa a Rigoberto que cuenta que tiene 2 meses que no cobra. Normalmente recibe un promedio de 500 mil pesos al mes pero de momento no tiene contrato.
_Mi esposa dice que sigo aquí por amor al trabajo, y esa es la verdad, sigo aquí por amor al trabajo, afirma este hombre que tiene casi 13 años echando pico y pala en El Manga, enterrando y sacando muertos y que vive cerca de Cartagena, en San Fernando, a la salida de la troncal.
_En estrato 3, se apresura en aclarar.
El otro sepulturero se llama Eduardo, de carácter más reservado. Tiene los ojos rojos, como inyectados de sangre y luego de cuatro meses laborando en el cementerio dice que ya no le asusta ver a los muertos.
_Al principio me impresionaba pero ya es como si me tomara una gaseosa, argumenta Eduardo luego de explicar que cambió de ramo “porque no tenía noche ni día, ni siesta ni domingo” en su trabajo como radiólogo industrial donde vivía “revisando cables”. Eduardo remplazó a Aníbal, quien tenía años en Manga pero fue trasladado a otro cementerio, el de Albornoz, donde entierran a los NN (No tiene Nombre) que nunca se pudieron identificar.
Eduardo y Rigoberto ven a los muertos cuando les toca hacer las exhumaciones, cuando “la programación” exige despejar las bóvedas para abrir pasos a nuevos residentes. Según normas del ayuntamiento el servicio de las bóvedas distritales en el Manga se presta por lapsos. Es decir, el cadáver de un niño sólo puede permanecer en el recinto un año, el de un adulto dos años y hasta cuatro si el fallecido es grueso y grande.
Normalmente los sepultureros hacen 4 o 5 exhumaciones diarias. La última del día será de un niño de unos 7 años. A fuerza de picotazos abrirán una bóveda de la fila de infantes ubicada en la entrada del cementerio. De un féretro blanco saldrá una especie de saco irreconocible que será depositado en una bolsa negra sostenida por el abuelo que de modo natural y tranquilo a su vez introducirá la bolsa negra en una blanca más pequeña para luego colocarla en el nicho previamente dispuesto. Merce, una cuadrilla de la empresa limpiadora Fesma y tres curiosos más, incluido Roby el nuevo celador, observarán perplejos, pero eso sí, muy de cerca, la escena . Unos segundos bastarán para rendir un último homenaje, después todo será cháchara y chiste.
Ni siquiera los gusanos y las cucarachas que salen del ataúdes cuando desplazan a lo que una vez fue un cuerpo impresionan a los sepultureros.
_Hay que tener cuidado de los vivos, dicen casi al unísono, y se apresuran en relatar que lo único que los ha sorprendido son las ceremonias de “los malos”. Cuentan que sus compinches traen droga preparada, prenden tabacos de marihuana y meten bolsitas de perico dentro del cajón. Abren la boca del muerto le echan ron mientras cantan champetas y vallenatos. Nunca lo dejan enterrar enseguida y hacen disparos al aire que ahuyentan a las iguanas y asustan a los presentes.
_Hay que tener cuidado porque las balas salen hacia arriba y cuando bajan vienen más fuertes, reflexiona Rigoberto quien asegura que no todo lo que ocurre en el Manga es para llorar. Hace unas semanas filmaron en El Manga varias escenas de la película El Amor en los Tiempos del Cólera basada en la homónima novela del Gabo y protagonizada por el actor español Javier Bardem.
_Aquí grabaron el sepelio de los protagonistas con dos actores famosos. Vinieron al cementerio los que hacen las películas de Jolibud, el mismo director de Harry Potter, dice Rigoberto emocionado antes de anunciar su debut en el celuloide haciendo de, como no, sepulturero.
Por el trabajo recibieron “la extra de 40 mil” pero están concientes de que pudieron haber pedido más. Ahora que la nueva administración les prohibió recibir propinas cayeron del cielo esos pesos adicionales.
Esta vez es Merce la que sonríe, saluda a La Mona y a La Chiqui, las vendedoras de flores que están apostadas en la entrada del cementerio, revisa su cuaderno desgastado donde registra todas sus citas, el nombre del muerto y el resumen de sus letanías inventadas.

Somos peregrinos
Vamos hacia el cielo
La fe nos ilumina
Nuestro destino ¿está aquí?
¿Dónde estará?


El destino de Merce estuvo una vez en Caracas, donde vivió y trabajó como doméstica durante 25 años y donde huyó por el quebranto de alma que ocasionó la ruptura abrupta de un matrimonio infeliz. La inminente muerte de su madre la obligó a retornar a Cartagena y se quedó. Siempre le canta, a ella y a su hermana que descansan en el Manga.
_No se pa donde coja yo o si me van a meter aquí. Yo siempre digo que así no hayga bóveda que me entierren aquí, así sea en un huequito en el suelo. Esta es nuestra casa y aquí me quiero quedar...

La hora del juego

Diez minutos antes de morir, Tonino presumió de su triunfo en una partida de cartas. Solo ganó Bs.12 mil pero fue suficiente para brindar con un macciato la victoria en Tresette, un típico juego napolitano que desde hace 50 años congrega decenas de inmigrantes en el café Sucre de Chacao.
Tonino cayó de repente. Un infarto preciso esperó a que terminara su juego y lo atravesó. Los paramédicos intentaron la respiración boca a boca, los golpes de pecho, la clínica Sanatrix, pero fue inútil. Murió delante de sus compañeros de juego, a las 5:15 de la tarde, la hora más concurrida. En ese instante se convirtió en el quinto de todos los muertos entre los clientes septuagenarios que ese rincón alberga en 30 metros cuadrados. El quinto en los dos últimos meses.
Pipo, Pepino, Mario y Vicente le antecedieron, pero en sus casas, no en los dominios del “El Consulado”, como los asiduos llaman al café regentado por la familia Gianotti desde 1957.
-Cayó fulminado, resume Vincenzo, compañero de cartas de Tonino que aparece de improviso y que ya casi no recuerda ese evento ocurrido pocos días atrás.
Vincenzo es un sastre retirado. Tal vez por eso observa como midiendo, de arriba a abajo, de lado y lado, desconfiado. A Vincenzo le gusta economizar las palabras. Casi no habla y cuando lo hace se toma su tiempo. Se la pasa contemplando su mundo a través de unos cristales viejos y rayados, con esa mirada de a quien ya la vida le dio todo.
-Yo conocía a Tonino desde siempre, se lamenta Magda, la regente, que todo el tiempo está allí.
Magda, de ojos verdes inmensos, de abundante pelo negrísimo y nariz afilada, heredó hace seis años el local con todo y su antiguo mobiliario, con todo y sus viejos viejos, con su delantal talla L.
La afición de Tonino, Vincenzo y los demás a los juegos Ramina y Tressette da de comer a este mujerón hija de Paolo, patrono del café durante 47 años.
Magda entra y sale. Atiende y sonríe siempre. Saca un mazo de cartas y en segundos vuelve a lo suyo, al vapor de la leche, a hacer espuma. Desde abajo su perro de una raza indescifrable, que es blanco y atiende a Rocky la observa en silencio y le sigue los pasos.
-¡Mira! éste es Tonino, anuncia Magda al desplegar sobre el único mesón un ejemplar del semanario En Caracas arrugado, casi amarillo que rebuscó en los cajones endebles del escaparate.
La portada es una foto de la entrada del Café Sucre donde aparece Tonino. En la gráfica, a un lado de Tonino, reposa Rocky, el perro blanco que ahora parece negro, porque se arrastró por la calle, y descansa junto a las gaveras acumuladas en el fondo y tres traganíqueles que nadie usa.
Tonino resalta en plano medio, del lado derecho, y se parece a los viejos que ahora se concentrarán en el juego y que, como el muerto, vivo en la foto, van de poliéster en pantalones sujetados casi en el pecho.
-A Tonino también le gustaba jugar, como a ellos, dice Magda al señalar el cúmulo de cabezas blancas y calvas que poco a poco se apoderan del lugar mientras se instalan a ritmo de “comeandamos” y “vabenes” sin ganas. Con parsimonia se van sentando mientras observan el reloj mecánico cortesía Belmont que pende en la pared izquierda y que marca las cinco menos diez.

***

Paolo Rossi, Dino Zoff, y otros próceres del fútbol italiano, vigilan desde arriba. Otro póster con la inscripción “Forza Azurri” y un Sagrado Corazón flanquean la barra improvisada y la máquina Faema 6-10 de hacer café.
Justo al frente de esa máquina los viejos comienzan su lúdico ritual.
Algunos prefieren las dos mesas de afuera, pero los que apuestan duro reservan adentro. No reparan en los asientos pelados de tanto uso, tambaleantes. Los más sortarios se quedan las sillas erguidas y rojas casi high design que seis meses atrás fueron donadas por Michele, asiduo como los demás a este barcafé ubicado al frente del callejón Codazzi, en el local B de una casona verde muchas veces renovada, a cuatro cuadras de los centros comerciales más visitados de Caracas: el San Ignacio y el Sambil, y debajo de una planta deshabitada.
Van directo al mazo.
Los ojos escrutan la ubicación de las americanas y de las napolitanas -que parecen españolas- en las que han centrado su atención durante más de cuatro décadas, en las que pondrán sus sentidos en las próximas horas, y en los días que restan.
Junto con el humo comienza el juego. Para el Ramina se utilizan las americanas. Tressette se juega con la versión italiana de las castizas, esas de los bastos, copas y espadas, pero sin los adornos del margen, con trazos más rudimentarios y de un rojo más fuerte.
Los grupos parten y reparten, en murmullos hacen las apuestas, invocan la buena fortuna, suben el volumen y se pelean. Siempre se pelean: que si este no escuchó, que si aquel no jugó, que si el otro pasó, y en el interín las maldiciones retumban en clave romana, siciliana y napolitana. Esta vez se mezclan con un coleado portugués y otro árabe recién llegado que deben aprender la jerga para incorporarse a los vaivenes de los naipes y sus barajadores. Una que otra tacita de café y vasos con agua ayudan a saborear la victoria o a sobrellevar el maltrago de la derrota, según sea el caso.
En un día bueno el que canta “Trequiama” en el Tressette puede hacerse con Bs. 300 mil, pero eso solo ocurre uno que otro domingo o en los feriados, cuando la casa está full. Si es lunes o jueves salen con 10 mil, y de vaina. Suficiente para comprar los marroncitos de la tarde y alguna ambrosía a los amigos.
Hoy es jueves, no hay mucho en juego, por eso a ratos se distraen, quien no, con ese caos de acentos, idiomas, dialectos y fonemas inexistentes. Por instantes detienen el juego para ocuparse de esas chácharas inentendibles que los iguala, casi tanto como la tos. Llevan camisas en colores neutros, de rayas o cuadros, mocasines que alguna vez fueron marrones ¿o negros? Los dientes sí los diferencian, algunos son un escándalo (resina perfecta y brillo total) y otros roídos, amarillos y escasos.
Aunque no están muy concentrados no se les puede molestar. Cualquier interrupción la toman como una afrenta. Responden con monosílabos y movimientos de cabeza ante una pregunta inoportuna. Otros sólo observan sus cigarrillos mientras aspiran con ganas y vencen con un siete de picas o varios corazones rojos.
Michele, quien no lleva cuadros sino una franela marrón, dice que algunos viven por el juego, pero a otros, como él, también les gusta conversar.
Nunca olvidará Michele esa última letanía que anunció el paro del corazón agotado y la suspensión de los juegos avanzados.
-Mi, mi mi mi miqueee..., intentó completar Tonino cuando sus ojos ya comenzaban a estar más allá que de acá, antes de que se desplomara en el pecho del que quizás vio como su último salvador en ese grito de auxilio inacabado. Pero nadie lo pudo salvar. Su juego había terminado y Miquele lo despidió en el cementerio del Este, un océano de por medio del lugar donde había nacido 75 años antes.
Michele, fuma tabaco, tiene dos en total, uno normalito cuya marca no recuerda y otro habano original, indaga en su memoria, saca el yesquero y en dos intentos enciende el tabaco, el barato. La última vez que departió con Tonino fue en el otoño pasado, el otoño del terruño original.
A Michele le ha ido bien. Sus negocios en la industria del cromo y el transporte le permitieron ganar lo que no pudo como barbero, oficio que ejerció solo por tres meses, recién llegado de Salerno a la Venezuela del dictador Pérez Jiménez.
Después cambió de ramo, poco a poco fue escalando estatus y ya montado en el tren de la prosperidad cambió de casa, de urbanización y de destino de vacaciones. Su única hija es venezolana de nacimiento y gracias a la ayuda del padre pudo estudiar en la mismísima Cambridge donde se especializó en ingeniería química. Eso enorgullece a Michele, que se niega a regresar a su tierra “porque este calorcito no se encuentra por allá”.
Michele se tropieza con Magda, que no para de limpiar, saluda a los presentes y se sienta a mirar, de lejitos, pues un aviso en papel bond recuerda constantemente en el local la prohibición de fumar tabaco. Tampoco permiten escupir en el piso.
-Io conosco a lei , a la Magda, de quando era piccola, suelta Michele.
-Pero háblale en español, no le hables en italiano, replica Magda con la autoridad de la confianza ganada en años.
-Yo conozco a Magda desde pequeña. Era tremendísima y se la pasaba aquí metida, obedece Michele mientras se ubica, para no molestar con el humo, al lado de la rejita verde de afuera. Está parado frente a su Mercedes 500, uno de los cuatro autos que tiene, además del BMW M5, y los Renault Megane y el Alpine 3000 Turbo, éste último, asegura, “único en Suramérica”. Los Fiat, dato curioso, no figuran en ese inventario.

Michele era cuñado de Tonino, tiene 65 años, visita Capri y Roma todos los años. Es uno de los más jóvenes de los asiduos al café y, aunque vive en la urbanización Miranda, un reducto de la clase media-alta del este capitalino, se refugia religiosamente en el Sucre todos los días desde hace más de 40 años para hablar de los giros de Italia (también de Francia), de Fórmula Uno y de cualquier cosa, eso sí, nunca de política.
-¿Ni de Chávez?
-Jajajajaja, ríe mientras arquea las cejas bicolor.
-En esta cuadra conocí a mi esposa, aquí están mis compañeros, mis amigos. Aquí vengo a relajarme cuando salgo del trabajo, agrega Michele entre risas mientras da otra caladita a su tabaco a medio acabar.
-Aquí uno se ve, juega un poco y a esta edad ¿a dónde puede ir uno?, interrumpe Vincenzo, en un tono apagado, desalentado, con la cabeza hundida en los hombros y con esa mirada casi perdida.
-Todos nos morimos, sentencia Vincenzo como para convencerse aun más de lo inevitable.
Vincenzo vive dos locales más allá, tiene años sin ir a Italia y se instaló en Chacao en los 50 “porque en esa época de la posguerra en Italia había necesidad de todo”.
Lo que no tiene Vincenzo es necesidad de lamentar la muerte Tonino, ni las demás, “porque a todos nos toca”.
Ahora que los amigos se van sin posibilidad de retorno a Vincenzo le da por recordar su llegada en barco a otra Venezuela, su difícil inicio como sastre, su calle de escasos edificios y sus compañeros, que junto con él, forman parte de esa última camada de despatriados que encontró refugio en este rincón del trópico.
Michele da una larga bocanada a su cubano de 400 mil bolívares la caja y se recuesta de nuevo en la rejita verde antes de cruzar la calle y acomodarse al ras de la acera, al pie de la panadería Nueva Chacao, segundos después Vincenzo lo acompaña.

***

Desde el otro lado de la acera la fachada del Café Sucre se ve dominada por varios tonos de verde: el agua, el claro, el de hospital, el descolorido, el agotado. Ninguno semeja los ojos de Magda, que se ve en el fondo, siempre sonriente, mientras sigue su rutina de despachar capuchinos al tiempo que calcula “la raya” (la mano) del juego que ahora está por 3 mil bolívares. El abandono no justifica la concurrencia.
-Es el precio, no hay otro lugar tan barato en todo Chacao, por eso vienen. En La Carlota es más caro, enfatiza Magda.
-Aquí es más barato, la secunda Hugo Corzetti, un cantante y músico retirado que habla sin acento, de buenas maneras, que mira a los ojos y va resguardado en una amplia guayabera blanca y unos anteojos que permiten suponer un pasado de bohemia y composiciones. Lleva en la mano un CD de su autoría y propiedad que está dispuesto a prestar de modo temporal donde interpreta canciones del autor Inocente Carreño acompañado de la Orquesta Filarmónica Nacional.
Corzetti no era tan amigo de Tonino pero claro que lo recuerda porque se la pasaba allí metido. Le gusta jugar con Michele y desde los años 50 visita el negocio de los Gianotti.
Fue por esa época en que sucumbió ante las redes de la música luego de ganar un concurso de cantante aficionado en Radio Rumbos. En el librito del CD se lee que este tenor alcanzó la honrosa distinción de ser escogido por el maestro Vicente Emilio Sojo para la grabación discográfica de “unas admirables canciones sefardíes”.
Corzetti, sin reservas de ningún tipo, cuenta que es cofundador de algunas escuelas de música en el país y que por años estuvo viajando una vez a la semana a Barcelona, la Barcelona venezolana, para dar clases. “Aun funciona esa escuela de música”, susurra con orgullo antes de volver a sus cartas, la segunda pasión de su vida.
Cada uno de los jugadores paga 3 mil por 3 horas y entre las 9 de la mañana y las 8 de la noche hay por lo menos dos mesas llenas. Eso se traduce en el pago del colegio del hijo de Magda, Gianpaolo, un rubio pecoso de 11 años que se la pasa jugando fútbol en el callejón, aunque no sea época de mundial.
También sirven para pagar el millón mensual que cuesta el alquiler del Café Sucre, que siempre ha sido arrendado y apenas da para mantenerse.
Ya en varias oportunidades a Magda le ha pasado por la cabeza la posibilidad de cerrar de un tirón y para siempre la Santamaría, pero surgen inevitables las preguntas: “¿Qué pasará con estos viejos”, “¿A dónde van a ir?”.

***
La mujer saca una guaya que parece oxidada para “destapar” la Faema, elimina la borra sobrante mientras busca con sus ojotes otro grupo de cartas solicitadas.
Los mazos descansan en un viejo gabinete de vidrios oscuros que también almacena remedios, papeles viejos, barajitas Panini del 2006, 2002, 1998, y 1994 y un cerro de polvo cincuentenario. En la esquina noreste del anaquel conviven calcomanías de varios santos en 6 x 3 cm con el Cardenal Jorge Urosa Savino que por su sonrisa parece sentirse bien acompañado. Allí, pegados a medias en el vidrio cuarteado, resaltan con sus ojos dolidos la Rosa Mística, dos nazarenos y el padre Pío. La Sagrada Familia, en dimensiones más amplias, los observa desde atrás.
-Y este es San Paolo, completa Magda la cuenta celestial, mientras señala una foto desgastada de su padre, cuando vivía, al pie del Café, ya viejo, cuando habían reemplazado por precaución –y orden de la alcaldía- el cartel blanco original, que decía “Café Sucre” y salía de un pedestal. Era la época de gloria y las cartas también formaban parte del menú.
Entonces el olor a pizza se mezclaba con el del tabaco y se podía fumar. Las paredes lucían un verde nuevo, y algunos afiches de las escuadras de la Juve y el Milan de los años 80 dominaban el local, tal como lo hacen ahora.
El helado Frappe 100% artesanal y los tiramisú de Mamá Eva, la madre de Magda, atraían a los niños que frecuentaban el café. Don Paolo y su esposa vivían tres locales más al oeste, al lado de la zapatería La Caperucita, y el café, junto con Magda, era la niña bonita de la familia.
En esa época Michele y los demás tenían rato aficionados a las cartas y a los rituales diarios del Sucre. En la comunión participaban otros asiduos como Vincenzo, Tonino, Pipo, Pepino y otros tantos que por dos horas prescindían de sus mujeres y sus trabajos para compartir con los amigos.
-Te acuerdas, Michele, cuando le prestaste la moto a mi papá y yo me fui con él y nos caímos por Las Palmas... menos mal que no nos pasó nada, bueno, a la moto sí.
Recuerda Magda mientras seca, limpia y pasa refrescos recordando a los ausentes. Su padre Paolo, quien cumpliría hoy 73 años, fue el primero “en irse” dos años atrás. Pero no es la única muerte que duele.
-En los dos últimos meses se me han muerto cinco, reitera con los ojos más agua que verdes.
Magda se reincorpora, se transporta a tiempos pasados y señala hacia el cartel que identifica al café pero no se ven rastros del pedestal blanco. Desde hace 20 años da la bienvenida un aviso rojo cortesía Coca Cola. En los próximos días el aviso será refaccionado, con nuevo logo, pero seguirá diciendo Coca-Cola. Las dos neveras que funcionan de las tres que habitan el local también aluden al legendario refresco, a diferencia del refrigerador que no sirve, cortesía Don Paolo, que sólo alberga un cono rojo de emergencia vehicular y no gatorades, agua, maltas -y Coca-Colas- como las otras neveras.

***

Las bebidas se venden bien. A las 5 el sopor de la tarde se hace insoportable y todos exigen otra cosa que café.
El único ventilador no vence los olores alborotados y ese hálito rancio que flota en el aire.
-Aquí huele a fo, lanza una mujer que pasa de largo. Michele, quien vuelve a la barra, después de elevarse con los habanos, la mira y se ríe.
Magda no escucha. Está concentrada en la faena, que la agota, pero su buen humor sigue en pie. El verde-verde vuelve a sus ojos, apaga el nuevo Sony 21 pulgadas suspendido en las alturas de la nevera inservible y relata que una vez un cliente sugirió –luego de una minuciosa observación- un cambio de nombre al café Sucre. “Debería llamarse el café de los huevos caídos”, habría dicho el visitante. Vaya ofensa al Mariscal.
Magda vuelve a la Faema y mira a su alrededor. Todos están concentrados en el juego. Solo unos pocos se quedan en las sillitas de afuera, viendo al piso, u observando los carros que a la hora pico comienzan a acumularse en la calle Sucre. Suenan cornetas, repican las alarmas, retumban las mentadas de madre. Los viejos que están afuera no hacen más que observar.
-Dónde la pongo, dice Magda y como midiendo los espacios, y calculando cada centímetro, anuncia que mañana desplegará la bandera de Italia. Nadie responde.
Durante un mes el estandarte estará colocado sobre el gabinete de todos sus santos.
El televisor, otra vez sintonizado en un canal que no se distingue por la interferencia, asegura que desde el Café Sucre se verá la edición 2006 del mundial de fútbol, o por los menos a Cannavaro, el capitán, comandando la escuadra azurra.
-Será el último campeonato para algunos. Sabes lo que son cinco en un año, reflexiona Magda mientras entrega otro mazo de americanas y saluda a la única mujer que ha entrado en “El Consulado” en la última hora.
-Mañana pondremos la bandera, repite.
De nuevo nadie responde.
Magda se encoge de hombros, toma un sorbo de soda que segundos antes cogió de una de las neveras funcionales, se anima de nuevo, agarra aire para subir la voz y se queda esperando...